Desde
la invención de las lámparas eléctricas
se han utilizado diversos medios para encenderlas y apagarlas.
En la actualidad se utilizan interruptores mecánicos,
en los que la posición del mecanismo permite pasar
la corriente eléctrica o interrumpirla. Estos interruptores
funcionan gracias a un movimiento mecánico.
Sin embargo también se pueden hacer interruptores
que funcionen con el simple contacto con la piel humana.
Han sido elaborados desde hace bastantes años,
y presentan varias ventajas; sobre todo, la grasa, la
suciedad o la humedad no penetran en su interior, lo que
evita ciertas averías.
Estos interruptores funcionan gracias a ciertas propiedades
del cuerpo humano. La temperatura del cuerpo, que por
lo general es más alta que la del medio ambiente,
puede usarse para activar ascensores y alarmas. La conductividad
eléctrica es también elevada en el cuerpo,
que contiene un gran porcentaje de agua, así que
dos contactos pueden ser activados al colocar un dedo
entre ellos. Incluso es posible crear mecanismo que funcionen
gracias a la cualidad del cuerpo humano de actuar como
receptor de ondas de radio.
En el caso de las lámparas de contacto, se utiliza
otra cualidad de varios objetos y materiales, incluyendo
el cuerpo humano: la capacitancia. Esta cualidad se refiere
a la capacidad de almacenar electrones. La lámpara
tiene su propia capacitancia, su propia cantidad de electrones
almacenados, mantenida por sus circuitos internos.
Cuando se toca una lámpara, la capacitancia del
cuerpo se añade a la de la lámpara, produciendo
un mayor volumen en el que los electrones se pueden distribuir.
Los circuitos en el interior de una lámpara de
contacto mantienen un flujo constante para que la capacitancia
de la lámpara esté llena; pero se necesita
un mayor número de electrones para "llenar"
la lámpara y el cuerpo. Este aumento de electrones
necesarios es detectado por los circuitos de la lámpara,
que conectan entonces el flujo eléctrico hacia
la bombilla. La cantidad de electrones es muy pequeña,
por lo que no afecta al cuerpo humano, y de hecho es imperceptible.
Los circuitos internos de la lámpara también
controlan los ciclos en los que la electricidad es dirigida
hacia las bombillas. Tocando consecutivamente la lámpara
se consigue un aumento al 33 por ciento, luego al sesenta
y seis por ciento y luego al cien por ciento de capacidad
de la bombilla, con lo que se logra controlar la luminosidad.